


GRIS
Acerca de
Cepilló su melena al sol largo tiempo, sentada en un banquito de hierro, en el fondo de su patio. Desenrolló hebras lacias y cenicientas con un peine viejo y desdentado. El masaje suave en la cabeza la adormecía.
Con los ojos cerrados aprovechaba el calor del sol de esa tarde de viernes.
En el suelo, al lado de su pie, reposaba su perro chiquito y flaco. Y al lado de su otro pie, la pava de agua tibia, esperaba sebar el último mate.
El perro fue el primero en darse cuenta de que el bebé se había despertado, levantó primero una oreja y luego la cabeza, esperando que su dueña hiciera algo. "Ya voy", dijo, y se incorporó como pudo.
Debajo del paltero descansaba su nieto, una criatura olvidada por su hija, que ella trataba de criar. "Vamos que se hace tarde". El niño estiró su cuerpo, miró con desgano a aquella mujer que no era su madre y se levantó tambaleando.
La casa conservaba una penumbra fresca y silenciosa. Apenas se escuchaban los pasos descalzos de los dos. "Tomá", la mujer le alcanzó un pan al niño que comprendió de inmediato que ya debían irse, porque manoteó el bollo y enfiló para la puerta de entrada.
Cada viernes a mediatarde, la mujer salía de su casa a buscar trabajo en el corredor gastronómico del pueblo. Caminaba dieciseis cuadras desde su casa hasta la Plaza de la vieja estación de tren. Iba descalza, esquivando piedritas filosas, espinas del pasto y el asfalto caliente. Era una marcha lenta, esperando a su nieto que fácilmente quedaba absorto con cualquier mínima distracción.
Ya todos la conocían, los parrilleros, los mozos, los vecinos. Recorría cada establecimiento buscando algo para hacer a cambio de comida o algo de plata.
"Ya te dije que con el pibe no vengas" Le reclamó el dueño del local.
Pero qué podía hacer? dejarlo solo en su casa? Si su nieto se portaba bien, se quedaba sentadito jugando con cualquier cosa mientras ella lavaba platos, pelaba papas o fregaba el salón.
El tipo le pasó dos cebollas de mala gana, su nieto se las sacó de las manos y las miró como si fueran un juguete. Ella se quedó parada, quieta, esperando más… “ajjj”, se volvió a quejar el dueño, y le pasó unos huevos que ella protegió delicadamente.
“Salí de acá, y vení mañana, que hay mucho para hacer… pero no traigas al pibe”.
Ahí pegó la vuelta. desandando el camino. Cuidando los huevos con el borde de la blusa. El nieto llevaba las cebollas como trofeo.
El perro dio saltos de canguro cuando los vio llegar. La mujer peló las cebollas y las cortó sobre la tabla de madera, poniendo a prueba la fuerza de su brazo huesudo. Y las echó a freir.
El nene arrastró un banquito, esquivando al perro que salivaba junto al fuego, y se acomodó al borde de la mesa. “Vení, vamos a amasar”.
“Vamos a hacer una montañita de harina” el nene ayudaba concentrado “ahora un huequito en el medio como un volcán”, “un volcán?” preguntó el nene… “sí, un volcán” le confirmó… “mi mamá me enseñó a hacer estos fideos”... “tu mamá?” le preguntó… sí, mi mamá, tu bisabuela Lita”...”Lita, sí” reflexionó el nieto.
Amasaron fideos que comieron los tres. “Una comida fuerte al día es un lujo” … pensó… “mañana veremos” masculló… “Dios proveerá”.
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María Luisa Braña
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SUDESTADA

El pichicho fue el primero en darse cuenta de la proximidad de la tormenta. Gemiditos cortos y agudos se escuchaban desde el patio. El perro temblaba desde el hocico hasta la punta de la cola.
Palmira se despertó empapada, la habitación aún conservaba el sopor de los últimos tres días de temperaturas extremas. Su entera humanidad, desparramada en las sábanas húmedas, apenas podía moverse. El vientre abultado de su último trimestre de embarazo le dificultaba ponerse de pie.
Arrastró los pies hasta el fondo de la vivienda y abrió la puerta, el perro entró corriendo a guarecerse detrás de los muebles de la cocina. Dio unos pasos en el suelo arenoso del patio, casi no había luz, los árboles quietos y estaba todo en silencio. Ni pájaros, ni grillos ni las chicharras que tanto habían chillado las noches anteriores, todo en calma chicha, esperando lo peor de la tormenta.
El cielo encapotado color naranja estaba denso y húmedo, apenas se podía respirar. Palmira avanzó unos pasos más, incrédula de la quietud de esa madrugada de verano, como si fuera la primera vez que esperaba una sudestada.
Miró al cielo y el bebé le dio unas patadas, él también estaba despierto esa noche. A la siguiente patada ya sintió las primeras gotas tocándole la piel afiebrada del calor. Gotones gruesos y pesados que fueron dejando las primeras huellas en el suelo. Y comenzó el viento, esa fue la clara señal de que debía volver a entrar.
Apenas cerró la puerta sintió la primera ráfaga, un sonido intenso que sacudía las hojas de los árboles. Encendió la luz de la cocina para chequear que la ventana estuviera bien cerrada, y sintió otra patada. El viento fue acumulando las peores nubes en el cielo y la lluvia comenzó a golpear las chapas del techo, un sonido ensordecedor que puso aún más inquieto al perro.
Avanzó hacia su cama, se sentó a mirar por la ventana la sucesión de ráfagas descontroladas, el viento azotaba los árboles que se doblaban al compás, a veces, y otras se enroscaban. Pensó en su marido que estaba en la isla, a esa altura el río había comenzado a subir seguramente, a ponerse oscuro, grueso y con un oleaje feroz. Tuvo miedo de imaginar a su marido intentando salir para volver a su casa. Sintió otra patada y escuchó un ruido en el baño. El granizo rompió el vidrio del tragaluz. Grandes bolas de hielo caían desorientadas por el agujero y resbalaban en el piso de cerámica. Palmira no tuvo más remedio que cerrar la puerta con llave y volver a la cama a esperar. Sintió otra patada y se cortó la luz. La oscuridad y el ruido en la chapa la aturdieron. Caminó despacio aguantando otra patada. El viento entraba silbando con fuerza por debajo de la puerta del patio. Era el pico más fuerte de la tormenta.
Cuando llegó a la cama la ventana se abrió con fuerza, dejando entrar una bocanada de viento que, en ese momento ya era frío. En pocas horas la temperatura había descendido considerablemente. Palmira avanzó con dificultad, la cortina se le enredó en la cara, a tientas buscó el postigón de madera, hizo una fuerza descomunal para cerrarla y logró poner la traba. La ventana se azotaba como a punto de explotar, acercó un sillón y se sentó de espalda para contrarrestar la fuerza del viento sobre la madera. Ahí sintió la primera contracción y tuvo miedo.
Se había preparado tanto para este momento y ahora su hijo nacería en medio de una sudestada. El perro apareció entre las sombras y se acurrucó a su lado. Respiró profundo y buscó una mejor posición en el sillón. Cerró los ojos, acercó su pierna hasta sentir el cuerpo peludo de su perro y buscó relajarse.
La siguiente contracción la despertó. Ya entraban algunas luces por la ventana. El perro todavía seguía en sus pies. Miró el despertador en la mesita y pasaban de las seis. Afuera la lluvia era persistente pero sin granizo. Buscó ojotas debajo de la cama y trató de incorporarse. El pichicho miraba sus movimientos. Una contracción la dobló sobre la cama. Descolgó la camisa que su marido había dejado en un gancho y enfiló para la puerta de entrada.
Afuera el cielo estaba gris y la calle estaba irreconocible. Hojas y ramas cubrían el asfalto, ramas arrancadas de cuajo y el agua inundaba hasta las veredas. En los primeros pasos perdió una ojota, la vio flotar calle abajo, y otra contracción la volvió a doblar de dolor. El perro empapado la acompañaba. Avanzó aferrada a las paredes de las casas, en la cuadra siguiente estaba la partera, no la esperaba ese día pero seguro la iba a ayudar.
Una ráfaga fría le englobó la camisa, el agua le chorreaba desde la cabeza hasta la boca, pasando por las cejas. Las alcantarillas estaban tapadas de basura y el agua no circulaba, lo que dificultaba cruzar la calle. El perro también hacía esfuerzo por seguir. Con la siguiente contracción rompió bolsa, sus líquidos bajaban por sus piernas ya mojadas. Faltaban unos metros para llegar. Y gritó …llamando a la partera.
La mujer salió a buscarla. Te estaba esperando, le dijo, muchos hijos llegan después de una tormenta. La tomó del brazo y la metió en su casa, a parir.
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María Luisa Braña
Antes de hablar de Raquel, del muerto y de los duraznos sampedrinos, déjenme contarles mi primer día de escuela.
Llegué justo antes del timbre al patio central, la formación para izar la bandera se organizó alrededor del mástil, una fila para mujeres y otra paralela para los varones, los de primer grado teníamos prioridad para tirar del alambre que subía con esfuerzo el paño hasta el tope. No fui elegida. Me quedé en la fila, en silencio respetuoso, acompañando con la vista el trepar ondulante de la bandera y cantando y tarareando alternadamente “Aurora”, según las frases que ya sabía de memoria.
A mi lado, en la fila de los varones, había un niño que comía galletitas de una bolsa. Diego, se llamaba, Diego Luna, de los Luna del caserío de la calle Almafuerte detrás del tanque de agua. Eran vecinos de mi abuela, cuando mi abuela aún vivía en su casa, antes del asilo. Diego tenía una hermana menor, con la piel blanca como la leche y su cabeza roja como el fuego, con un pelo ondulado y ardiente, que hacía juego con las pecas de su cara.
A mitad del Himno Nacional la maestra le sacó la bolsa de galletitas porque era una falta de respeto comer mientras se cantan las canciones patrias. Pero ya era tarde, no había más galletitas en esa bolsa, las últimas estaban en el puño de Diego y en su buche.La desconcentración hacia las aulas fue bastante ordenada para los de primero, no así para el último año de secundaria que ya comenzaban a azotar un bombo en el tercer patio principal, que resonaba en todos los pasillos.
En mi aula el bullicio se perdía entre el entusiasmo de descubrir y mostrarle a los compañeros los útiles nuevos. Cartucheras, lápices, cuadernos, casi todo a estrenar para el primer grado de primaria.
Y digo casi todos porque no todos tenían cosas nuevas para mostrar, entre ellos Diego, que a esta altura de la mañana, después del atracón de galletitas se sentía mal. Lo vi parado junto a su banco con la cara desconcertada el instante previo al vómito, un líquido espeso que se esparció por los tablones de madera del piso del aula de primero A. Marina y Natalia chillaron porque algunas gotas de vómito alcanzaron sus zapatos nuevos.
Y algunos compañeros comenzaron a burlarse. La maestra actuó con rapidez, sacó a Diego del aula, abrió las ventanas para ventilar el olor y separó los bancos del charco, para organizar la clase mientras venían a limpiar.
Diego no volvió esa semana, ni la otra. Y no supe de él en todo el invierno.
A final del año lo volví a ver. Una tarde calurosa, que anticipaba un verano intenso de chicharras y grillos, me despertó de la siesta un hachar regular sobre el árbol de duraznos del terreno baldío junto a mi casa. Mi madre aún estaba en el cuarto de costura así que aproveché a escabullirme y trepar la medianera para ver. Un hombre de torso desnudo cosechaba los frutos de un árbol viejo que aún daba unos duraznos grandes como melones. Su brazos largos y musculosos alternaban el hacha con un palo alto que llevaba atado en su extremo un gancho en forma de garfio con el que enganchaba los duraznos más altos y los forzaba a caer. Con la misma habilidad los iba atajando antes de que cayeran al suelo. Tenía ya cinco canastas repletas cuando pasó Diego y algunos otros niños por la vereda. Se quedaron mirando con los dedos enroscados en el alambre tejido que separaba el terreno baldío de la calle. En la punta del gancho, el hombre colgó una bolsa de duraznos que ya tenía preparada, y se las pasó por sobre el alambrado. Los chicos atajaron el manjar caído del cielo y corrieron.
El hombre continuó en la faena, alternando brazo derecho y brazo izquierdo, haciendo equilibrio en una escalera medio corta hasta que escuché un tremendo estruendo. Extasiada como estaba en la danza del equilibrista, no advertí que un durazno estaba a punto de partirme la cabeza. Fui salvada por la destreza de la mano del cosechador que no había advertido mi presencia hasta que se estiró para alcanzar la fruta. Me regaló el durazno y corrí hacia adentro de mi casa.
Mi mamá conversaba animadamente con una vecina por la ventana del cuarto de costura. Apoyada como estaba contra el marco de madera, la luz del sol le daba de lleno en su perfil izquierdo por lo que se veía obligada a achinar el ojo.
Raquel vivía a la vuelta, en una casa alargada con sus 8 hijos, mayores todos, solteros todos, vagos… la mayoría. Raquel cosía para mí mamá, le ayudaba con las prendas más trabajosas y se pasaban todos los chismes. “Al 47”- dijo Raquel - “Le jugué al 47 por el muerto de ayer”.
Detrás de la iglesia, en el barrio “Los Piletones” habían comenzado una obra de cloacas, grandes pilas de tierra a un lado y al otro de zanjas profundas que de noche eran un peligro. Y ahí había aparecido, medio enterrado, “el muerto de Los Piletones”, un hombre jóven, delgadito, que tenía parte del cuello y la mandíbula destrozadas, como si lo hubiera agarrado un perro grande - “un chacal” - dijo Raquel.
Con cada mordisco de mi durazno comenzaba a hacerme toda la película con los detalles, condimentos, conjeturas y suposiciones que Raquel añadía a la noticia real. El jugo me chorreaba hasta el codo y la pulpa me quedaba entre los dientes y alrededor de la boca, había desgarrado esa fruta literalmente. Mi madre estaba perdida en lo más profundo del chisme, pero aún así, me vio de reojo, sentada en el piso, descansando de la comilona. “¿Qué hacés ahí?- me dijo- “¿qué tenés en la cara?” - “El chacal” - dijo Raquel.
EL CHACAL
CANELAZO
En diciembre de 2007 en la Candelaria, Bogotá, bebí mi primer “canelazo”, una bebida caliente a base de panela, canela y aguardiente. Un poco por el frío de las noches bogotanas, otro poco por no despreciar la invitación de mi marido y sobre todo por la curiosidad de probar esa bebida perfumada y sonora: “canelazo”, lo cierto es que bebí sin culpas, dejándome invadir por el calor que me cambió la perspectiva de esa caminata nocturna.
En diciembre Colombia resplandece con los “alumbrados navideños”, un espectáculo de luces que adornan las casas, las plazas, los edificios públicos, pueblos enteros se enorgullecen al presentar sus iluminaciones que año a año se superan en creatividad.
Disfrutar de estos “alumbrados” en Bogotá implica realizar caminatas nocturnas por las calles de la ciudad, y Bogotá de noche es particularmente fría, un frío que cala los huesos, un frío seco que quema la cara. Pero nada me detuvo, calzado cómodo, campera gruesa y bufanda para patear las callecitas coloniales de La Candelaria, recorridos empinados, angostos por momentos y llenos de historia.
Ya me agitaba la caminata y la altura, Bogotá se encuentra a 2600 metros sobre el nivel del mar que se sienten en el pecho y en la respiración. Unos metros más y llegamos a la Plaza de Bolívar, baluarte nacional que distribuye a su alrededor el Palacio de Justicia, El Capitolio Nacional, la Catedral Basílica Metropolitana de Bogotá y Primada de Colombia, la Casa del Cabildo Eclesiástico y en una esquina, pequeño al lado de estos magníficos edificios, un puesto callejero, donde una mujer arropada y risueña nos vendió 2 canelazos reconfortantes que dieron sentido a toda la experiencia.

María Luisa Braña
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LOCO
Atravesó la plaza para cortar camino, dejando atrás la Iglesia, la Municipalidad, la escuela y el Club de Pelota.
Llevaba la caña al hombro y una canasta cuando lo vi. Lo observé desde lejos porque me daba miedo pasar cerca. Nadie se animaba a cruzar por su camino porque si te veía comenzaba a gritar desesperado, con miedo y furia. “El loco Roque” le decían, y era lo único que conocíamos de él, un cuerpo delgado, alto y en harapos que de vez en cuando atravesaba el pueblo camino al río para pescar.
Nunca se comentó ningún hecho violento, pero siempre escapabamos de su presencia por miedo al escándalo que producían sus gritos sin razón cuando se cruzaba con algún vecino, aún sin conocerlo.
Dejó la plaza con marcha animada, caminando siempre a la sombra. Lo seguí con la mirada hasta que su melena ensortijada se perdió barranca abajo.

María Luisa Braña
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BANDEJA PAISA
Una bandeja paisa tiene, además de sus productos típicos, la capacidad de quedarse aferrada a tus más anhelados recuerdos. la propiedad de dejarte absorto por su tamaño.
En mi primer viaje a Risaralda, Colombia, me presentaron a la bandeja paisa, un plato tradicional del Eje Cafetero. Fue amor a primera vista. La bandeja paisa es una muestra de casi todos los productos de la región, es una degustación de las maravillas culinarias de la zona en un solo plato, que más que plato es, como su nombre lo indica, una bandeja, una tremenda bandeja.
Al principio intimida…. “Yo no alcanzo a comerme todo eso” es la primera idea que se te cruza por la cabeza, pero cuando la ves servida en otras mesas, frente a los comensales que no objetan en absoluto su tamaño, te llenas de valor!
“Pide media bandeja” me dijo mi suegra, pero yo no quería quedarme atrás, no quería evidenciar mi condición de turista, quería comer como un colombiano más.
Cuando llegó a la mesa no lo podía creer, de izquierda a derecha la bandeja paisa consta de:
Chicharrón, frijoles, carne molida, aguacate, plátano frito, chorizo, arrocito blanco con un huevito frito por encima y acompañada de una arepa. Un pasaporte al paraíso.
Me quedé absorta, perdida en la delicia de tanto aromas… cuando me despabilé, preparada para comenzar a comer cada ingrediente de a poco, miré a mi alrededor y vi que todo el mundo, con la cuchara en la mano, comenzaba a mezclar los ingredientes desde el borde del plato hacia adentro, hasta formar una montaña de comida. Me pareció extraño pero imité la maniobra y comencé a comer sin prisa y sin pausa hasta el último arrocito.
“Paisa” refiere a las personas nacidas en Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, noroccidente de Tolima y el oriente y norte del Valle del Cauca. A ellos les rindo este sincero homenaje por esa maravillosa comilona que me pegué en Risaralda y que repito cada vez que vuelvo a Colombia.

María Luisa Braña
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VECINA
Me hierve la sangre cuando mi vecina, desde la vereda de enfrente me grita:
_ Te vas a pasear “Pichona”?
Y yo que vengo de una generación a la que le machacaron que es mejor “que nadie se entere que salís así no entran a robarte”, me dan unas ganas de responderle con el mismo tono chillón:
_ Por qué no gritas más fuerte así se enteran todos los ladrones del mundo!! … Pero me aguanto, cómo le voy a decir eso.
_ Voy a la verdulería nomás, después me cruzo Norma!
Con ese antecedente, planificar un viaje, así sea por un fin de semana a la costa, incluye diseñar una estrategia minuciosa de detalles para pasar desapercibida. Planear la luz que va a quedar encendida, esa lámpara que de noche parece indicar que alguién está en casa, pero que de día no delata que la dejaste a propósito. Avisarle al canillita que no te entregue el diario para que no se te acumulen en la puerta, un error imperdonable! Cortar el pasto del antejardín, porque en verano crece rapidísimo y es una clara evidencia de que saliste de vacaciones.
Así llegamos al día de la partida, cargamos las valijas en el auto la noche anterior, sigilosamente, casi a oscuras, cruzando los dedos para que no ladre ningún perro. Salimos de madrugada para que los chicos que duerman en el viaje, cargamos nafta en Dolores y desayunamos en Mar del Plata, esas medialunas que son una perdición.
A eso de las diez de la mañana, justo bajando por Avenida Colón, cuando el mar se proyectaba en todo el parabrisas del auto como un documental de la National Geographic, me entra un mensaje de whatsapp al chat del grupo de “vecinos organizados de la cuadra”:
_ No vi el auto en toda la mañana Pichona! Están de paseo?

María Luisa Braña
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LA BICI
Casco, candado, barbijo, 2 pisos por escalera haciendo equilibrio y avanzo. El sol de espalda y una brisa cálida en la cara y en el pecho. Pedaleo y pedaleo, voy bien de tiempo así que aprovecho las calles más arboladas. La bici es de mi hermana, tiene un canasto rosa en el frente que no va con mi estilo, pero la verdad que la vida me cambió radicalmente desde que comencé a pedalear hasta el trabajo. Es cierto que a veces los autos se meten a la bicisenda y me pego cada susto, pero igual vale la pena. Incluso si llueve me animo a recorrer los 20 minutos más libres de mis días. Antes me llevaba 1 hora 30 de viaje. Ahora, no sólo reduje el tiempo, sino que el recorrido es otro, rodeo las plazas, busco calles arboladas, encuentro rincones panorámicos maravillosos!
Pedaleo relajada porque voy con tiempo, la ciudad es distinta desde la bici, las sensaciones que despierta el clima de cada estación, los olores de las panaderías a la mañana temprano, el contacto con los vecinos. De vez en cuando me cruzo con otros ciclistas que también disfrutan de esta forma de experimentar el recorrido por la ciudad.
Levanto la cabeza al cielo y veo unas nubes cargadas y oscuras, mejor apuro la marcha así llego antes de que se largue a llover.

María Luisa Braña
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AGUA VIVA
En el instante previo al pinchazo alcancé a ver el reflejo de la medusa rozando mi pierna a la altura de la rodilla. “Agua viva!” gritó mi prima que estaba junto a mí y todos salimos corriendo. A grandes zancadas, contrarrestando la fuerza de la marea, logré llegar a la orilla y comencé a gritar. Un ardor horrible que me quemaba la piel. Me aferré con las dos manos a la pierna y caí en la arena húmeda.
Quedé aturdida, tendida boca arriba en la playa, encandilada por el sol y tiritando de frío y de dolor. Mis primos me rodearon, buscando los filamentos de la medusa y frotando la zona herida con arena mojada porque eso calmaba el ardor.
En Claromecó el agua del mar es helada, congelada, pero cuando sopla el viento desde el norte, la temperatura levanta y todos aprovechamos a meternos a jugar con las olas, pero, junto con el viento del norte llegan las aguas vivas, una amenaza que, llevados por la alegría de las vacaciones, nos animabamos a enfrentar.
Una línea roja, hinchada y serpenteante, quedó dibujada en mi pierna, a la altura de la rodilla. No recuerdo el preciso momento en que se me pasó el ardor, quizás cuando estábamos corriendo por los médanos, o cuando jugábamos a la pelota, o cuando nos comimos esos churros con las manos llenas de arena. El caso es que antes de terminar la tarde, salió otra carrera al mar y volé para no llegar última, con el sol de frente y seguida por el griterío de mis primos que tampoco recordaban que todavía seguía soplando el viento desde el norte.

María Luisa Braña
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ENSAIMADA
Los domingos de fiesta me levantaba temprano en mi San Pedro natal y caminaba las dos cuadras que separaban mi casa de lo de Bonetti para comprar una ensaimada, un postre tradicional heredado de la pastelería de Mallorca, que llegó con la inmigración y que los sampedrinos tenemos la suerte de ser sus representantes.
Para los que aún no hayan tenido el gusto, la ensaimada es una especie de rosca de pascua en espiral, su masa es dulce, aireada y húmeda. Está rellena de crema pastelera y espolvoreada con azúcar impalpable.
Es la reina de todas las celebraciones, Día de la Madre, visitas especiales, Cumpleaños se engalanan presentando en la mesa una ensaimada que ocupa un lugar importante y amplio en la mesa, es necesario correr los vasos y algunos platos para que el anfitrión pueda colocarla en el centro. A veces hasta recibe aplausos.
Con el cuchillo se van cortando porciones del espiral desde el extremo exterior hasta el centro. En la boca se deshace, sin necesidad casi de masticarla, va despertando todos los sentidos, suave la textura, dulce la masa y fresca la crema. El azúcar impalpable deja huellas en la cara, en las manos y en la ropa.
En lo de Bonetti siempre hay fila para comprar todas sus delicias, sacramentos, tortas especiales, y las masas. Espero impaciente mi turno con la vista clavada en las heladeras que exhiben los manjares de todos los tamaños y colores. La decisión es inquietante, cual voy a elegir? Ese bocado individual que voy a agregar a mi pedido para ir comiendo de camino a casa. No logro decidirme entre una masa de crema chantilly con una frutilla encima o un cuadradito hojaldrado de dulce de leche. Paladeo la incertidumbre mientras avanza la fila, y a último momento, justo cuando la dueña del local termina de atar el paquete redondo de la ensaimada señalo con el dedo mi premio por hacer el mandado. (“ese por favor”)
La caminata de vuelta a casa es un trance entre el paraíso y la tierra. Avanzo disfrutando del hojaldre que cruje en mi boca dejando caer algunas migas doradas y de los hilos de dulce de leche que pegotean mis dedos, mientras malabareo la rueda gigante de la ensaimada, no se me vaya a caer la tan esperada reina de la fiesta. Calculo el ritmo de los pasos para terminar mi bocado a tiempo, un momento egoísta de dos cuadras con la mirada pegada a mi delicia que solo abandono para echar una mirada rápida al cruzar la calle. Tampoco puedo demorarme demasiado para no alterar la ansiedad de los que esperan en mi casa la llegada del mandado especial que dará comienzo a la fiesta.

María Luisa Braña
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PITUCAS
Aún después de trece años de vivir en Argentina, mi marido, nacido y criado en Bogotá, no conocía las tutucas.
Se las presentó mi hija menor, que las trajo dentro de una bolsita de cumpleaños. Fue amor a primera vista! Escarbó la bolsa una y otra vez, saboreando esos bollitos de maíz inflado, aireados y crujientes. Pero fue poco, quería más.
A mí las pitucas no me gustan, tienen sabor a nada, el olor es feo, incluso a veces vienen muy tostadas, y ni te digo si se humedecen, quedan hasta babosas. Por eso no alenté el deseo y lo miré descreída de la continuidad de su antojo, lo que aumentó su insistencia: “quiero más pitucas!!”
“Pitucas”??? Qué dijo?? Con mis hijas no pudimos contener la carcajada, lo que hirió el orgullo y envalentonó a mi marido, decidido a conseguir mas “pitucas”.
Las tutucas no son fáciles de conseguir, se compran en lo que se llama “dietéticas”, un negocio surtidor de productos a granel en su mayoría: frutos secos, harinas, arroces… y “pitucas”!
Mi marido salió dispuesto a conseguirlas, recorrimos el barrio, consultando en cada dietética por sus “pitucas”.... yo ni entraba porque me daba vergüenza ajena… no te van a entender, tenés que decir “tutucas”, pero le entendieron, y volvió a casa abrazado a una bolsa enorme de “pitucas”.
Ahora las “pitucas” se convirtieron en su gran compañía durante los partidos de fútbol o las pelis, reemplazan a las papitas o los pochoclos y, por supuesto, no le convida a nadie.

María Luisa Braña
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GALLINAS
Dos gallinas picoteaban la tierra en la puerta de la casa de mi prima cuando salimos a hacer el mandado encargado por mi tía Gloria.
San Francisco de Bellocq es un pueblo rural al sur de la provincia de Buenos Aires, que en ese entonces contaba con mil habitantes que se sostenían, en su mayoría, en torno a la Cooperativa Agrícola “La Victoria”.
Las calles de tierra ya se recalentaban a esa hora de la mañana y levantaban polvo a medida que avanzábamos hacia la panadería. Tres cuadras de un pueblo tranquilo que madrugaba para atender el campo dejando las veredas vacías a la sombra de paraísos y sauces.
Apenas atravesamos la puerta comenzaba la gran aventura. Mi prima, algunos años mayor, era especialista en travesuras, y mi líder a seguir durante el mes de enero que la visitabamos para las vacaciones de verano.
Caminabamos conversando, riendo y pateando piedras, con la soltura de tener un pueblo entero para nosotras y el tiempo a nuestra disposición. La panadería de …. era un comercio sencillo y austero, de pisos frescos y aromas dulces. El pedido de mi tía era concreto: 1 kilo de pan, pero la tentación era infinita: canastas de bizcochos, bandejas de pastelitos, hileras de alfajores que nos dejaron la ñata pegada a la vitrina. La plata enviada era muy justa, pero nos alcanzó para 2 bizcochos y un chicle que eligió mi prima metiendo la mano dentro de un frasco enorme!
Retomamos con lentitud el camino de regreso, calculando los mordiscos para terminar a tiempo antes de llegar a la casa. El hojaldre crujía en la boca, desprendiendo migas grasosas que se pegaban en la ropa. Comíamos concentradas, intercambiando miradas y disfrutando esa delicia.
No podíamos retrasarnos para no levantar sospechas, así que comimos rápido los últimos bocados. Quedaba repartir el chicle, en la esquina de su casa mi prima partió el rectángulo rosado por la mitad, estirando la masa pegajosa hasta que se cortó. Las carcajadas de complicidad retumbaban en la tranquilidad del pueblo, la picardía de gastarnos el vuelto y comer a escondidas nos llenaba de emoción.
Masticamos ese chicle a las apuradas, recorriendo los últimos pasos. En la puerta, las gallinas continuaban dando vueltas, aburridas, picoteando piedritas. Y mi prima tuvo una última ocurrencia, escupimos el chicle al suelo arenoso y las gallinas armaron tremendo escándalo, corrieron alborotadas, intrigadas por lo que caía al piso. Las aves picotearon y corrieron despavoridas en todas direcciones con la masa pegajosa pegada en los picos, el chicle se estiró en infinidad de hilos rosados, formando una red que fue pegando en las plumas, las piedras y las plantas.
Con mi prima quedamos paralizadas con la escena, con la forma casi alienígena que adoptaba el chicle y el desastre que se había apoderado de las gallinas. De un portazo dejamos el alboroto atrás, tratando de disimular nuestras caras de espanto. El kilo de pan en la mesa de las cocina y nosotras a guarecernos en el fondo del patio trasero, ahogando las carcajadas escondidas detrás de las plantas.
María Luisa Braña
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BUENA CUCHARA
En Colombia yo soy “de buena cuchara”. Un apodo que llevo con orgullo y que ejerzo con destreza y compromiso. Me lo dicen a menudo, porque disfruto de la comida como si fuera la primera vez que pruebo cada plato, cada fruta, cada postre, cada sopa.
Mi primer viaje a Colombia fue en 2006 un encuentro profundo con las delicias gastronómicas de ese país que tiene tantos platos tradicionales como regiones geográficas.
Me gustó todo, y si bien dicen que la primera experiencia es lo que cuenta, yo disfruto cada comida como si fuera esa primera vez, siendo que ya van mas de 15 años que viajo a Colombia.
Bandeja paisa, ajiaco, lechona, sancocho, changua, arepas, patacón… sus postres: merengon, mielmesabe, cocadas, arroz con leche, postre de natas, torta de tres leches, natilla, buñuelos… y las frutas… lulo, guayaba, mora, guanabana, uchuva, pitahaya, maracuyá, tomate de árbol
Quien puede resistirse?Conocer y disfrutar de la gastronomía de un lugar es conocer su cultura, su historia, su clima, sus tradiciones… La gastronomía colombiana tiene impresa las manos de sus productores y de sus cocineros.
Si vas a Colombia dejate invitar una arepita con chorizo, un chocolate con almojábana o un canelazo… dejate consentir y estoy segura que tambien vas a ser “de buena cuchara”.


